domingo, 11 de diciembre de 2011

Dossier Cuento Costero 2014




FICHA TÉCNICA
NOMBRE: Cuento Costero
TIPO DE OBRA: Cortometraje Ficción
DURACIÓN: 30 minutos
FORMATO REGISTRO: EOS HD

CURTIAO: Anibal Reyna
NANO: Mauricio Roa

GUIÓN & DIRECCIÓN: Raúl Rodrigo Venegas
ASISTENTE DE DIRECCIÓN: Pablo S. Sáez
PRODUCCIÓN: Alejandro Ñanculef
CONTINUIDAD: Simón Poblete
PRODUCCIÓN TÉCNICA: Patricio Ayala
PRODUCCIÓN: Valentina Nuñez, Pablo S. Sáez
DIRECCIÓN FOTOGRAFÍA: Diego Pequeño
ASISTENTE DE FOTO: Luis Zelada Antequera
JEFE ELÉCTRICO: Pedro Olivarí
ELECTRICO: Jimmy Arriagada
GRIP: José Arroyo
DIRECCIÓN ARTE: Jessica Gonzales, Daniel Espinoza 
MAQUILLAJE: Luna Gonzales
PEINADOS: Melissa Assencio
VESTUARIO: Tamara Saavedra
SONIDO DIRECTO: Gonzalo Zamora
POST SONIDO: Gonzalo Zamora
MÚSICA: Pedro Santa Cruz
MONTAJE: Carlos Dittborn
POSTPRODUCCIÓN: Cinemadicción Producciones Ltda.
Cobquecura | CHILE | 2014
www.cinemadiccion.com






lunes, 5 de diciembre de 2011

Versión literaria del cuento

Cuento Costero
Autor: Raúl Rodrigo Venegas / Febrero 2011 / El Chacay
Registro de Propiedad Intelectual No. 211.979
5 de Diciembre de 2011, Santiago - Chile.

En un lejano camino rural inmerso en las áreas del secano costero, rodeado de montes de sinuosas pendientes cubiertos de apastelados colores, la figura de un extraño hombre avanza con lentitud, va camino del mar, donde las nubes condensadas en altos cúmulos le señalan la dirección a seguir. La soledad de los parajes hace destacar todo ruido y movimiento ajeno a la habitual paz de los campos, y las pisadas en el terreno pedregoso del desconocido, parecen amplificadas por el tamaño de sus botas.
La cercanía de la playa inunda el ambiente con la humedad que se adhiere a la piel, a los cabellos y a los labios. Los animales que se divisan tras las cercas lejos del camino, pastan tranquilos e inmutables, aunque atentos a la presencia de aquel sujeto que transita por el valle adentrándose al poblado cercano. Cierto es que ocasionalmente se vean personas deambulando por los caminos abandonados que llevan al poblado de Cobquecura, sin embargo es la nueva carretera asfaltada la preferida por todo aquel que quiera llegar hasta la hondonada del pueblo. La vía inaugurada algunos años atrás dejó en el olvido el viejo camino longitudinal que atravesara bosques y campos aislados de desconocidos propietarios, que según se decía, ocultaban su presencia ante los visitantes no deseados o paseantes furtivos. También es verdad que muchos de los habitantes de Cobquecura se alegraron cuando se habilitó el acceso nuevo, reflejo fiel de la irrupción de la modernidad. Hubo quienes desde ese día pudieron dormir tranquilos por primera vez, otros incluso restauraron sus carretas y mejoraron sus caballos. Los menos, no prestaron interés alguno, elevaron sus plegarias y maldiciones, y siguieron su rutina de pescadores y continuaron bebiendo. Pero lo cierto fue que ningún poblador quedo ajeno a la entrega de la carretera asfaltada.
Ajeno a todas las consecuencias de la creación de caminos y establecimiento de hitos modernos, el joven se acerca hasta los lindes del poblado; sobre una cima de oscuros peñascos logra divisar en toda su amplitud Cobquecura. La línea del horizonte es el límite marino que le indica lo pequeño de su humanidad y lo extenso del territorio al cual ha arribado. Unas aves se elevan escoltándole y alertando de su presencia a todo un poblado que no descansa ante las novedades y menos ante las visitas extrañas. Alzando la vista reconoció el signo de los pájaros de invierno y el augurio de su destino. Inspirando la salinidad hasta lo más profundo de su ser, entiende que ha llegado al lugar más distante y alejado de la mano de la prosperidad. Desde lejos el perfil de las casitas luce opaco, polvoriento; los olores no se disuelven en la amplitud de la bóveda que protege el valle, y un denso vaho de tono argentado circula sobre los techos húmedos de atardecer. Cada teja enmohecida acurruca entre sus pliegues pequeños retoños vegetales. Cobquecura aparece como una gran sombra recortada contra el firmamento mientras el sol ya acaricia la última línea que cada noche le vela.
A medida que sus pasos le llevan más cerca de la línea costera, el hombre se sorprende al ir descubriendo un leve murmullo que invade la letanía. Es increíble y sublime oír el clamor de Cobquecura, es como visitar el purgatorio, pensó. El ambiente siempre se remese con el sonido eterno de los aullidos de lobos marinos. Estos gritos animales provienen de un islote cercano, los lugareños le llaman La Lobería, donde una colonia de estas bestias hacen vida y crianza desde tiempos inmemoriales. El constante bufido de los lobos marinos atraviesa kilómetros adentrándose por el valle que ampara al poblado y el viento le ayuda logrando distancias inimaginables.
El muchacho mira sus bolsos, que sin duda pesan más de lo que deseara y traen menos de lo que soñara. Los deja caer con cuidado suficiente para no romper los contenidos delicados, sobre todo sus accesorios de pintura, adquiere una postura descansada y se sienta en el piso. Extrae desde un bolsillo de su gastado chaquetón una bolsa con tabaco y hierbas que compacta en una singular pipa metálica. Desde una pequeña caja saca unos cerillos que enciende fácilmente frotándolos contra una piedra laja de profundo color negro. El humo de la combustión de sus vegetales, se eleva lento y sin disolverse, continúa ascendiendo y se mezcla con los vapores que bajan desde el interior del valle. El joven artista, con sus ojos desdeñados y rojizos, alza la vista hacia los farellones tras su espalda y divisa cómo esta neblina ajena, entra silenciosa atravesando los bosques, deslizándose por sobre las siembras de papas, surcando los lindes artificiales de rejas y canales. Por algún motivo todo el nuevo paisaje del que es testigo no le sorprende del todo, hay algo propio y familiar en los aromas, tonalidades y sonidos. Toda aquella escena bien podría hacer llorar a un poeta maldito o maldecir a un romántico acabado. Pero a él solo le sobrecoge. Un perro de alguna casa cercana lanza un triste aullido, suena casi como lamento y advertencia. El joven pintor se incorpora, recoge su bolso y con las fuerzas algo repuestas por sus fumadas, se integra en una marcha decidida; el camino de bajada que lleva hasta el pueblo ya no le parece tan largo. A medida que ingresa al área poblada, las viejas casas muestran su piel sin la censura de la distancia o neblina. Sobre las antiguas construcciones de adobe y piedra laja, el tiempo exhibe el deterioro que produce el descuido y la naturaleza. Las técnicas aplicadas con ingenio y destreza en sistemas de construcción, se ven absolutamente vejadas frente al abandono. El joven entra por la principal calle que sesga al poblado en dos, el lado norte y sur. Las sombras del ocaso le escoltan y a medida que avanza se hacen más profundas, matizando de oscuro los umbrales de las fachadas que extienden sus portales hasta los mismos pies de la calle. Algunas cercas a medio caer limitan lo que alguna vez fueron jardines florecientes y colmados de vegetación. Aún algunos árboles añosos pero vivos, se mantienen en pie en los patios ocultos de las casa más bajas. Mirando con atención, el joven camina con lento paso, atento al ambiente inundado de extraños ruidos que se hacen más inquietantes a medida que se interna en el triste poblado.

Al llegar a una esquina, una calle lateral señala en un deteriorado letrero "Buchupureo a seis kilómetros". Una brisa húmeda despeina los cabellos del hombre que se ha sobresaltado al leer la inscripción. Buchupureo es un lugar trascendente en su vida, y su mente se convulsiona de recuerdos y elucubraciones. Con la mirada fija hacia la dirección señalada por la inscripción, intenta penetrar en la distancia y los vahos marinos que fluyen por la costa. Parado en la intersección de las calles se ha detenido cual estatua señalando con su perfil la dirección norte. El pueblo sembrado de soledad respeta la introspección del desconocido, solo el viento insolente mece sus pelos y pilchas que cuelgan desordenados. Un perro ladra no tan lejos. Con una larga expiración el joven sale del transe y entiende en un chispazo de verdad, el único sentido de su existencia. La respuesta que ha malogrado por completo su vida consciente se encuentra en un lugar y ese lugar está a una distancia de tiro de piedra. Se cierra el pesado chaquetón que le cubre y vuelve su mirada hacia las calles del desolado pueblo, las primeras luces aparecen tenues, algunas chozas sonrojan sus ventanas de luz de vela o chonchón, las menos pasean los braseros recién prendidos frentes a sus puertas.

Las rejas de los jardines de piedra laja desmoronadas, esquinas con cúmulos de escombros, paredes de adobe inclinadas peligrosamente, simbolizan los estragos de un desastre natural recientemente acontecido. El verano anterior un terremoto devastador asoló las costas de todo un país y Cobquecura fue su epicentro. El joven repasaba los últimos acontecimientos de su vida e imaginaba el cataclismo en aquel poblado.
Él lo vivió el terremoto en la ciudad de Concepción donde tenía su taller, una antigua buhardilla que se vino abajo con los años y el vaivén endemoniado que se esmeró en destruir todo lo edificado por el hombre. Cómo predecir la destrucción de Cobquecura o de una nación, meditó el alma sensible que moraba en aquel artista. Inspeccionó detalladamente las edificaciones y se encontró rodeado de fachadas ahuecadas y de adobes destruidos. Solo en ese instante y solo ahí, se dio cuenta de la real destrucción sembrada en el paño periférico a la única calle del pueblo. La mayor parte de las casas no eran más que mecas indicando la antigua existencia de los ranchos habitables. Fue poca la gente que se quedó después de tan descomunal terremoto y la soledad que le rodeaba así lo indicaba.
Avanzó hacia el interior del poblado donde se atisbaba un claro; desde una casa cercana humeaba un cañón. Apuró el paso al descubrir movimiento al interior de lo que parecía un almacén; la puerta de la fachada lucía abierta. Se detuvo en la entrada y escuchó atentamente el ambiente, solo se oía el fuego y sus chispas avivadas por la brisa. Golpeó la puerta con fuerza para hacerse oír. Unos pasos arrastraron los pies en el interior, la puerta se abrió con dificultad evidenciando el descuadre del marco que la sostenía y una sombra a contraluz le recibió. El joven quedó expectante sin poder identificar el rostro de quien le miraba en silencio, algo nervioso saludó:
– Buenas noches caballero, disculpe. Ando buscando dónde poder tomar alguna cosita...
– Mmm... Güenas... – Dijo el recepcionista mientras tosía fuertemente y lanzaba un tufo insoportable. Se limpió las babas que le colgaban desde la pera con las mangas y explicó:
– Tengo puro vino tinto... se me acabó del otro, a mil el litro.
El joven se alegró al oír la oferta y con un sincero movimiento de cabeza celebró el vino, y buscando un mejor ángulo se perfiló hacia un costado para poder atisbar el interior del boliche, pero la figura del viejo ocultaba los detalles. Una gran fogata iluminaba la habitación con un tinte cálido, pero no se alcanzaba a definir la estructura de la misma.
– No hay problema… Me quedo con el tinto no má.
El viejo se quedó plantado en la entrada sin moverse. Se oía su respirar profundo y su mirada pesaba. El joven sonrió.
– ¿En qué va a llevarlo? – Preguntó el vejo exhalando ese hedor incalificable.
– Ah... Puesto no má poh!
El viejo se quedó un momento fijo en el umbral de la puerta, manteniendo su respiración que se confundía a ratos con los ronquidos del mar y del ambiente. Tosió nuevamente aunque esta vez forzó el gesto, y lanzando un feroz escupitajo hacia un costado sentenció aniñado:
–No se va a poder na mi caballero, tengo vino solo pa llevar, na pa servir y no tengo envase pa pasarle ná. – Y cerró la puerta con poca ceremonia. Un pasador corrió del otro lado y los pasos arrastrados se alejaron. El joven quedó completamente sorprendido de la respuesta y actitud del viejo. ¡Inesperada suerte! Nunca creyó en ella, pero tampoco imaginó una recepción de esa forma. Las referencias que traía de los habitantes de Cobquecura distaban mucho de esta experiencia, y sin más meditar se dio media vuelta y continuó el reconocimiento del poblado por su principal callejón que ahora al observarlo con mayor cuidado se daba cuenta de que era perpendicular a la línea costera. ¡Y siempre frente a las aguas del embravecido Pacífico! Este era un pueblo fuera de lo común, ya su historia aportaba una buena dosis de tradición, herencias y tabú; y el lugar poseía una carga mística potenciada por su geografía, maquillada por la arquitectura campesina y los aires bucólicos y límpidos. Consciente de estas impresiones, el joven perseveró en su búsqueda y luego de avanzar un par de cuadras llegó hasta un nuevo indicio de actividad humana. En una fachada de adobe deteriorada y en muy malas condiciones, una puerta dejaba salir una suave luz rasante y unos diálogos sostenidos se percibían claros detrás, eran dos hombres conversando. El muchacho golpeó, pero esta vez nadie le abrió. En su lugar una voz le indicó:
– ¡Tá abierto!
Sin temor el muchacho entra y saluda con la cordialidad que le era tan normal a sus costumbres.
– Hola, buenas noches. – El joven entró por un pasillo corto que daba una barra forrada en burdas tapas de madera. Tras el mueble, un anciano de lentes descansaba sobre un vaso. Del otro lado, un hombre no tan viejo hacía lo mismo. Ambos recibieron al recién llegado con una detenida inspección visual. Callaron un momento hasta que uno de ellos saludó:
– Güenas... ¿Anda perdido amigo? – Preguntó el tabernero.
– No, para nada caballero. Ando buscando de algo pa tomar no má.
– Ah ya. ¿Y de dónde viene si se puede saber?
– Uh...Vengo desde Chillán. Hace días que viajo. A pies se hace largo el camino y da sed pué. – Dijo el joven proyectando algo de simpatía en sus palabras. Los hombres se miran desconfiados. El que está detrás de la barra le interroga:
– ¿Y qué va a ser? Vamos a cerrar luego.
El joven artista apuró su pedido:
– Lo que tenga más a mano, un tinto no estaría mal.
El tabernero se inclinó tras la barra y expuso una damajuana de las grandes, con casi veinte litros dentro que dejó escurrir en un medio pato de loza. El aroma del pipeño se confundió con el hedor de la taberna y el joven se saboreó desde antes el vino artesanal que le ofrecían. El hombre le extendió la caña y expuso:
– A cien la caña. Se paga ante de tomarlo eso si.
– Por supuesto. – Dijo el joven mientras escudriñaba los bolsillos de sus pantalones. Extrajo un par de monedas y las arrastró por la tabla de la barra hasta el borde cerca del hombre que guardaba el vino recién ordeñado. El joven agradeció la atención con un movimiento de cabeza, tomó el vaso de vidrio y empinó el codo con las ansias acumuladas.
– ¡Salucito pueh! – Exclamó el joven sincero. Con el cogote seco tragó casi un cuarto de una vez. Al parecer el vino no estaba malo y el tabernero lo notó:
– ¿Y qué le trae por Cobquecura caballero?
– La verdad es que ni yo lo tengo muy claro. – Dijo el joven mientras se limpiaba con la manga el vino que corría por la comisura de sus labios. Continuó – Vine a buscar a un amigo de mi viejo. – Y apuró un nuevo sorbo de largo trago y complementó – Que espero no haya apretado cúea después del terremoto. – Insistió con el vaso para secarlo y pedir con el gesto un relleno de otro. Las monedas ya estaban sobre la mesa cuando el tabernero cumplió el pedido.
– ¿Y cómo se llamaba su taita? – Aportó el individuo de barbas canas al lado del joven, que debía de ser algún parroquiano habitual. – Con too respeto, quizá lo conocemo. – Continuó con su apariencia lacónica y descuidada.
– A mi viejo le decían el Loco, el Loco Lorgan.
– ¡El finao …! – Exclamó sorprendido el tabernero.
– ¡¿Qué?! ¿Lo conoció?
Los dos hombres de la taberna se quedaron enganchados instantáneamente en una mirada cómplice y silenciosa. El joven se sorprendió alegre al encontrar a alguien que pudiera darle atisbos del paradero de quien buscaba; pero a la vez se confundió con el excesivo temor que invadió el ambiente y el extraño celo de los gruesos hombres que le acompañaban. Un largo silencio decantó en la habitación. Las figuras de los tres personajes, iluminadas por un tóxico chonchón a parafina movían sus sombras desordenadamente a la voluntad del resplandor de la humilde luminaria. Y silencio persistía. El tabernero, pegada su mirada en el vidrio que daba hacia la costa, mordía su labio superior como catando un sabor amargo y antiguo, imposible de tragar. El otro, que preguntara por temas que no le incumbían, jugueteaba con su caña de vino que solo contenía un concho, esperando el momento adecuado para beberlo sin remordimiento.
– Yo soy hijo de Néstor Lorgan. – Subrayó el muchacho.
El tabernero le dirigió su mirada que ahora se cargaba de un tinte pesado y grave. Le clavó sus negros ojos y se detuvo en los del joven:
– ¿Y usté cómo se llama mijo?
– Nano, Nano Lorgan.
El tabernero con un gesto confianza se acercó al joven artista inclinándose hacia él.
– Mmm… Nano... Mire, en realidad el Loco nunca contó mucho. Era callado el hombre.
– ¡Ah! Usted lo conoció entonces… Le muestro mi carné por si desconfía...
– Tranquilo amigo – interrumpió el barbudo que se había alejado hacia una de las ventanas, donde la luz de la habitación se hacía más débil. – No es necesario que se afane tanto…
Estas palabras no solo sorprendieron a Nano que volvía su atención hacia el viejo, sino que también el tabernero giró en su rostro con un gesto de duda y desconfianza.
–No te pongai a hablar leseras Curtíao... – Amenazó el tabernero – No abusí del silencio, las paredes no guardan secretos….
Nano quedó atento en el citado Curtíao que bajó su sombrero acatando el consejo del tabernero.
– Tranquilo don Machito. Aquí el hombre es hijo del finao…
– ¡Que ná! – Interrumpió el tabernero en un drástico cambio de humor – Vamo a cerrar mejor…
– Disculpe pueh…– Se acomodó el sombrero el Curtíao y se acercó hasta la barra donde tenía una pilgua aguachada en un rincón. – Güenas tardes don Machito, gracias, me voy tranquilito, que descanse. – El hombre se acomodó la pilgüa en el hombro y salió de la taberna lanzando una mirada de cortesía a Nano que le observó confundido, fijo en la sombra del barbudo que se alejaba por el pasillo. El tabernero se le acercó y tomó el hombro sobresaltando al joven con el vaso a medio llenar aun en la mano. Ablandó su mirada y en tono de ruego el dijo:
– No le haga mucho caso a ese Curtíao, el copete le tiene algo acabado al pobre hombre.
– Pero.. ¿él también conoció a mi viejo?.
– Así es muchacho. En este pueblo, difícil que alguien no lo haya conocido. – Sentenció el tabernero. – Era bien querido el hombre, aun que tenía lo suyo tamién. Fue triste cuando despareció, pero bueno... tará de dios. ¿Usted vine a hacerle lo papele?
El joven le miró, decidido tragó el contenido de su medio vaso de tinto y se despidió con la diplomacia ajustada a la incómoda y extraña situación.
– Si, así es, papeles y otros trámites. Bueno, muchas gracias, le agradezco la información y un gusto conocerle pué, buenas noches – Dijo joven extendiéndole la mano por sobre la barra que los separaba.
– Igualmente pueh. Manuel Aravena pa servirle. – El viejo tabernero se ajustó el sombrero para esbozar una desdentada sonrisa y despedir al joven. – Hasta lueguito pue.
– Hasta luego caballero. – Dio media vuelta apresurando su salida y chocando torpemente con las paredes del angosto pasillo de la taberna. Su intensión de alcanzar al Curtíao, que no debía haberse alejado un tramo considerable. El encuentro con ese hombre le inquietó e hizo sospechar que algo más sabría sobre su padre, esto animó su prestancia y salió con el paso a ritmo de trote avistando alguna seña que le indicara la dirección que tomara el barbudo lugareño. Miró con atención hacia los infinitos brumosos de cada calle, con un aire de tristeza y soledad, tan propio de los caminos perdidos y alejados de la mano de los dioses. El viento persistía revolviendo los aromas y sonidos desde lugares distantes. El paisaje no ayuda al joven con indicios de la dirección del extraño personaje, pensó en regresar a la taberna y obtener más información sobre él, pero desistió al volver sobre sus pasos y encontrarse de frente con un insolente quiltro que le amenazara con feroces ladridos, imposible enfrentarse al animal; sin duda que habría salido de uno de los patios de las chozas circundantes, protegiendo sus amos y territorio. No, regresar a la taberna por la calle, que parecía la única del pueblo iba a resultar imposible. Continuó su dirección obligada y reconoció la esquina de la calle lateral que indica "Buchupuréo a seis kilómetros". Seducido por este enclave, el joven se detiene cual hito en la rural intersección inspeccionando el horizonte, en dirección norte. La noche aclaraba a ratos con la luna ya emergida desde el oriente, sobre la Cordillera de la Costa. En fechas menguante las claridades suelen ser esplendidas sin brumosidad, pero la neblina de esa noche disminuía la visibilidad y la calidad de la argentada luz. Sin embargo la agudeza visual del joven artista logró identificar por el camino a Buchupureo la lejana sombra de un hombre con un saco al hombro. Su instinto caló en él la decisión inmediata de darle alcance, y el hecho de que se encontraba a menos de una cuadra de distancia confirmó definitivamente su deseo en acción. Con su pesado bolso a cuestas le era difícil trotar o correr, menos en esos caminos deteriorados y dejados a la atención de la naturaleza. Sin embargo animado por el alcohol en sus venas, inició la persecución, y para alertar a su objetivo elevó un silbido largo y agudo que viajó directo a los oídos del viejo Curtíao. A la distancia la sombra continuó inmutable su andar. El joven sospechó que el viejo ignoraba su llamada, mas no claudicó en la convicción de darle alcance. El vetusto lugareño mantuvo el tranco ante los otros llamados del joven que se esforzaba por darle alcance. Era imposible que no le oyera. Desesperado Nano gritó con todas sus fuerzas. – ¡Curtíao!
El eco se disipó en la inmensidad de la playa y de los páramos desolados. El hombre con el saco a cuestas, se detuvo, giró lentamente hacia su retaguardia e inspeccionó el origen del llamado, esbozando una sospechosa sonrisa que el muchacho no pudo ver.
– ¡Curtíao! – insistió Nano sin detener pisada. La distancia entre ambos ya era menor. El perseguido con aire indiferente retomó su andar ante la sorpresa del joven que apuró el paso a un trote cansado.
– ¡Curtíao! Por favor. – Imploró el muchacho llegando a unos metros del desaliñado.
– ¡Ah! Qué pasa joven… – Dijo livianamente el hombre que le miró hacia atrás, para clavar la profunda cuenca de sus ojos en los del muchacho adornados de sudor.
– ¿Cómo? Si usted sigue y no me dice nada.
– Ah... Tranquilo amigo, así somo por acá. – dijo el viejo mientras miraba desconfiado hacia el joven que se le ponía al lado; bajando la voz continuó – Lo que pasa, es que no es ná bueno pararse por estos caminos ¿Me entiende? Tampoco andar chiflando, ve que así llama al patas de hilo…
El joven guardó silencio unos momentos mientras continuaban paso raudo hacia el norte, paralelos a la línea costera. Reponiendo algo el aliento Nano acomodó los bolsos en su espalda, y algo más tranquilo interrogó a su acompañante:
– Dígame ¿Para dónde caminanos?
–No sé na yo pué. – Bromeó el viejo con su sonrisa oculta bajo la sombra nocturna, carraspeó una tos tuberculosa y calló. Ambos personajes continuaron avanzando por un camino cada vez más deteriorado, bajo el manto de un silencio compartido e incómodo, incómodo sobre todo para Nano que necesitaba ganar algo de la confianza del viejo para interrogarle sobre temas pasados, hechos recientes. A ratos la luz de la luna lograba traspasar más intensamente por los claros de un desordenado cielo salpicado de nubosidades donde la silueta de los caminantes proyectaba una sombra muy definida. En otros, Nano lograba ver en el perfil las facciones del viejo firmes pero con un gesto indefinible, fija la mirada hacia el frente aunque cabizbajo, sin inmutarse por su acompañante ni asombrarse de su silencio. Si alguien los viera de lejos, podrían parecer dos pescadores de regreso a casa después de beber en la taberna de don Machito. El Curtíao caminaba cojeando levemente de su pierna izquierda, un accidente con una carreta, era el cuento. El camino seguía paralelo a la línea costera, donde La Lobería se destacaba en la oscuridad del horizonte, aullidos lejanos salpicaban las rompientes cercanas. Algunas aves nidificaban cerca entre arbustos y rocas. El entorno purificaba la existencia, sintió profundo el joven Nano.
Al llegar hasta la cercanía del viejo cementerio de Cobquecura, El Curtíao amenaza con voz seca:
– ¿Se tomaría un vinito, mijo?
Nano no responde enseguida. Se intimida ante la pregunta. La proximidad del cementerio como umbral y testigo, el silencio del mar y los aullidos; una decisión trivial y una final. Pero no duda de su respuesta, solo ha dilatado el momento, observa su cielo, meditas sus ansias. El destino logró conjurar el encuentro deseado por el joven, sospechado por el viejo. El largo e incómodo silencio que guardaba el aire en torno del par argüía un indescifrable desenlace; aun el camino ocultaba sus intensiones amparado en la neblina hosca y argentada. Tras ellos el pueblo se aplacaba; las pocas lucecillas de las fogatas o leves resplandores de las ventanas furtivas sucumbían al cansancio nocturno. El joven reparó en sus fuerzas comprendiendo que su andar sin pausas debía ir ya en el tercer día de insufrible trepar y caminar por los páramos del Biobío. Una heroica acción digna de inmortalizar en textos, mas no estaba en sus deseos que así ocurriere. Así calmo y humilde, solía repetir una y otra vez símiles baluartes, sin aspavientos ni loas; silenciaba su padecer.
– ¡Ya poh! ¿Vamos pa´su casa?
El viejo sonriendo con solo un lado de su cara, lanzó un escupitajo sonoro y amargo. Cuando le diga donde me arrancho quiero ver a este jutre, pensó el viejo; se limitó a menear la cabeza indicando hacia delante.
– ¿Tiene un pitillo mijito?
– ¡Si pueh! Algo de tabaco con hierba me queda.
El joven se detuvo y bajó el bolso que colgaba en su hombro. Introdujo su mano en el bolsillo interno del chaquetón y extrajo un puñado de pastos con los que roló un pitillo. El viejo siguió caminando inmutable, avanzó unos metros antes de percatarse que el joven le extendía la mano cargada con el cilindro de esencia vegetal. El Cutíao sonrió ahora con ayuda de la mejilla paralizada y tomó con solemnidad el regalo de su acompañante. El agradecido asintió con la cabeza una vez más el gesto del muchacho; el viejo caló el pitillo fumando una larga aspiración con gozo símil al tamaño de la aureola que dejaba en su camino. Nano no pudo fumar, guardó fuerzas.
– ¿Sabe mijo? A mi me culparon de haber matado a su taitita. Sin merecel me hicieron pagar los desgraciados. Pero yo no fui na´oiga, ya le voy a contar.
Dicho esto el Curtíao levantó el poncho y desnudó la chuica que traía desde la cantina. Descorchó y bebió en un solo acto y ofreció al aludido. Este le quitó con fuerzas el contenedor del espirituoso líquido aferrándola con la confianza de patrón de fundo. El Curtíao como si nada, dio la vuelta y continuó caminando reiterando el familiar gesto con la cabeza y avanzó cabizbajo.
Guiados solo por un sutil halo lunar, el joven no duda y se lanza a un destino sin concluir. Su andar junto al viejo, amparados en la noche costera, caminaron bordeando los campos hacia el este, acariciando por la costa la bruma salada de La Lobería. El camino que seguían databa de una antigua huella que cruzaba olvidados sitios y huertos, pero la geografía había modificado el terreno durante el último siglo obligando a la ruta atravesar playas vírgenes y áreas poco exploradas. Aun que bien conocido era el otro camino, el que llevaba a Buchupureo y que no solo llevaba al poblado, sino también conducía a una magna obra natural en la orilla oculta de la costa que los lugareños le llamaban La Iglesia de Piedra.
Pero lo que realmente importante y que Nano desconocía era la ubicación de la choza del Curtíao. En un silencio solemne cruzando el camino enfrentando una paredes de piedra laja de altura considerable. Sendas tapias se extendía hasta perderse en las profundidades nubladas del camino. Nano no comprendió donde estaba sino hasta avanzar hasta una entrada coronada con puertas de tres metros. El viejo se detuvo y el camino se hizo más oscuro. Un letrero pintado con brocha sobre un lampazo corroído señalaba: Cementerio de Cobquecura. El santo campo se encontraba circundado por la extensa pared monolítica, hecha de piedra volcánica, trabajada perfectamente para su asentamiento horizontal. La piedra laja con su forma de placa en diversas extensiones y grosores, se amoldaba perfectamente en la edificación limitante del terreno. Nano no pudo racionalizar la sensación al atravesar el extenso tramo hasta la choza cercana del viejo, que al notar su expresión ya no se veía tan apaciguado. Cruzaron todo el frontis del emplazamiento pétreo, y solo al llegar al límite septentrional el viejo puedo sacar la voz.
– De acá pa´entro está la finca. – Indicando el camino lateral que conducía a la mencionada y diminuta edificación, distante a una media cuadra del cementerio. Recuperó la chuica de manos de Nano y el viejo se empinó un par de sorbos e insistió secando el recipiente.
– ¿Quedó con sed estimado?
– ¿Usted que cree?
Nano con menos fuerzas de las que creía le quedaban, bajó nuevamente el incómodo bolso y cansado extrajo una vistosa bolsa, y con algo de trabajo comenzó a desanudarla. La petaca de metal relució su brillo soporífero de aguardiente oriunda.
– ¡Ja! Ahí la hacimo rendire pueh… – Rió el viejo con su nervioso gesto indicando avanzar. Se internaron por las arenas que alfombraban el perímetro del campo de los fenecidos, y sus pasos erosionaron la mezquina huella rumbo a la choza del viejo panteonero. Se acercaron por el costado sur, las tablas corroídas dilataban las espaciosas rendijas, con luz suficiente se podría fácilmente atisbar al interior. El viejo llegó al costado opuesto y descolgó un roñoso chochón, buscó entre unas latas y encendió un fósforo escondido entre sus dedos. La lata resplandeció combustionada por el tóxico aceite quemado, e introdujo el rudimentario instrumento al interior. El micromundo del viejo se evidenció: un cuchitril colmado de miseria y pobreza. El joven no pudo menos que sublimarse al presenciar una habitación tan agreste, sucia y descuidada. Unos ropajes oscuros hacían de cama en un piso cubierto con tablas a medias, donde la tierra viva reemplazaba a las maderas faltantes.
– Arrímese acá al rincón, vamo hacel un fueguito. – Indicó el viejo. En la entrada de la choza estaba el bracero colmado de cenizas, las gruesas manos del Curtiáo armaron una pira de palos a la cual le arrojó un salpicado de aceite del mismo chonchón que les iluminaba y la encendió certero. Un denso cuerpo de humo se inició y se extendió al azar el caprichoso brazo de humo de la hoguera que comenzó a intoxicar la habitación. Acomodó un maricón sobre el fuego y el humo cedió al flujo de las corrientes de aire ya dominadas por el viejo.
– Ya pueh, tonces… ¿Hacimo un arregladito con esta chichita? – Cantó el Curtíao alcanzando una damajuana de las grandes con medio contenido dentro. Nano recibió la oferta de buena manera y procedió diligente a mezclarla con el elixir que guardaba en su bolso. El viejo colmó el bracero, tomó un par de vasos maltrechos y se los extendió al joven.

Nano agachado y apoyado contra una de las paredes que parecían más sólidas, mezclaba los líquidos en el recipiente de mayor tamaño, claro está. Sin descuidar su labor, clavó su mirada en la madeja velluda que componía el rostro del antiguo panteonero. Un pequeño chorro de agüita loca resbaló por los dedos del muchacho que corrigió oportunamente el ángulo de la petaca. El vetusto hombre con el fuego ya asegurado, sometido y humo orientado hacia el exterior, se acercó a una ruma de objetos desordenados. Separó algunas prendas que parecían de vestir y algunos extraños elementos. Identificando alguno de esos objetos, el viejo le intercambió por un de los vasos ya servidos, un maltrecho libro de cubierta verde, la tapa estaba completamente destruida y no permitía identificar el título. El joven hizo el intercambio y acercó el libro, que bien parecía una flor en pleno desarrollo escupiendo hojas, cuales pétalos debilitados por el paso del tiempo y el descuido. Una enigmática inscripción en idioma desconocido prologaba el inicio del libro. El joven se acomodó acercándose a la precaria luminaria y examinó las hojas. A medida que hacía correr las páginas su interés iba en aumento. Había anotaciones desparramadas en los bordes y pies de páginas. Concentrado engulló sin detenerse hasta casi la mitad del grosero libraco. ¡Era demasiad información para asimilarla en esas condiciones! Pasó casi media hora de ensimismamiento, seducido por la lectura de aquel libro, libro que ahora el joven se hacía lúcido que bien conocía. El joven alzó la vista hacia el Curtíao, este secaba por enésima vez el vaso.
– Sírvase pue mijito, no me lo voy a tomal todo yo solo…No pueh, así no es na´la cuestión.
Nano con los ojos cansados por el esfuerzo de leer con tan precaria luz, cerró el libro con una de sus manos y lo aferró con fuerzas, como cobijando una reliquia.
– Este libro… tiene más de cincuenta años.
El viejo asentía con la cabeza mientras extendía un vaso colmado de arreglao al joven que no se hizo de rogar en recibir el dulce licor. Nano bebió con más calma que sed, hasta secar el vaso en único y largo drenaje. Pidió más al viejo que ya tenía dispuesta una jarra para dispensar de manera más cómoda el combustible de aquella noche. Trabajosa acción le costó al viejo inclinarse hasta el banquillo en la entrada a la habitación. Arrimó sus elementos disponiéndolos al alcance, su choca, el tabaco regalado, el chochón, la bacinica, indispensables todos para su precaria comodidad.
Algo de soberbia, algo de contemplación mezclaba la estampa del anciano. Un hacer en esencia, en espera y silencio. Un beber con pausa y aliento. El joven con el libro aun en su mano libre, no olvidaba el vaso valuarte. Mas el libro, el libro pesaba como el tiempo, como sus ansas en dilucidar una incógnita ancestral y obtusa. El crispar de las chispas salpicaban el tronar incansable del mar que tragaba y lamía las arenas oscuras de la costa tan cercana de ellos. El joven visitante exhaló cansado un quejido interno y definitivo.
– ¡Hasta que lo sintió mijito! – Bromeó el viejo anfitrión ya en tierra derecha de la embriaguez, iluminado con sus pocos dientes la oscura cuenca teñida de tinto vivaz. Rascó sus barbas y engulló un sorbo con ganas. Nano invadido de rabia y pena, se mordió los labios, impotente ante un interlocutor tan mordaz y a la vez patético. El espíritu se le animó en el odio hacia aquel ser desagradable. Tomó el libro y lo guardó decididamente en su bolso. Al parecer el viejo aun no entendía la razón de la presencia de este afuerino en su choza, arrimado en el rincón más protegido de su mísero rancho. No, era claro que no entendía, era un viejo decrépito e iluso, su mirada lo decía todo.
Nano agotado por el vino, arengado por el odio, se dejó en manos y a merced de la gravedad y se deslizó por las tablas de la pared que afirmaba con su humanidad hasta tocar el piso. El viejo insistía en sus actos in sentido. Con un bastón de cacho curvo, comenzó a revolver los objetos dispersos, entre quejidos y evidentes exigencias que superaban su capacidad física. Luego de separar algunos bultos inútiles, basuras y ropajes en claro desuso, encontró un elemento que al parecer era lo buscado: una billetera de brillantes cantos dorados. Con la motricidad fina sesgada ya por la ingesta de alcohol, luchó con algunos golpes perdidos por liberarla del cúmulo de desperdicios. El muchacho que ahora descansaba apoyado contra la tapia norte de la habitación, refregaba entre sus manos la cara intentando deshacerse de los somníferos efectos del arreglao. Comenzaba a sentir que su voluntad cedía al cansancio y la benéfica sensación de reposo.
– Aquí encontré algo mijo… mire.– Dijo el Curtíao y con la punta del bastón arrastró la llamativa billetera hasta el incrédulo Nano, que cogió el objeto hecho de cuero animal y se detuvo seducido por los detalles metálicos que ornaban los bordes; destellos plateados , teñidos de oro por la rojiza luz iluminaron sus adormecidos ojos. Al abrirla encontró algunos papeles y hojas con extrañas anotaciones, muy similares a las del libro confiscado. Al inspeccionar uno de las documentaciones hacia la luz las llamas descubrió con asombro y estupor un familiar rostro en la fotografía de la identificación del propietario: su padre.
Con dificultad intentó calmar el ansía y confusión que le invadía su cordura. Respiró profundo un par de veces sin conseguir amainar el estado de excitación. Su ánimo giró hacia una oleada de malos sentimientos.
– ¿Pero qué mierda…? ¡¿Qué hace usted con los documentos de mi padre?! – Explotó el joven con un alarido pidiendo clemencia en su interrogante. El viejo alzó la cabeza sorprendido por el enérgico encaramiento de su acompañante. El rostro destruido por la borrachera y por el letargo del sueño, exponían un gesto de total incomprensión en la cara del anciano, mientras, el joven se ponía de pie dificultosamente. El anciano, meciendo negativas, hunde su cabeza entre sus hombros con gesto de inocencia.
– Tranquilo mijo… si, si, esas cositas son de su taitita, pero tranquilo, no se ponga chúcaro pueh! – El viejo titubío un momento, Nano se contuvo. – Déjeme contarle mejol será… – El joven intentó rechazar el cuento pero el Curtíao empezó su decálogo con apuro.
– Apenas conocí a su taita nos hicimo reamiagazos. Regüeno pal palabreo igual que uno hicimos güenas migas con el hombre. El día que despareció me fue a buscal al rancho de don Machito, y ahí me pidió que le ayudara con uno de los inventos que andaba. Me mostró ese libro y preguntó si conocía un dibujo que había rayado en una hoja. – El muchacho tomó el libro y comenzó a hojearlo en desorden buscando el citado croquis. En una de las páginas finales se detuvo.
– ¡¿Este dibujo?! – Preguntó el muchacho acercándose violento hacia el viejo.
El hombre corto de vista se esforzó por identificar la gráfica rayada en la amarillenta hoja.
– Ese mesmo. Yo le dije que era igualito a la Iglesia de Pieira. – El viejo recordó con entraño, cuando esperó un largo momento a que su amigo saliera de la boca profunda de las piedras marinas, los gritos al interior perdiéndose en los bramidos de las rompientes. Pero nada pasó, las autoridades hicieron caso omiso de su relato, nada creyeron sino hasta pasados los días que se extrañó en el pueblo la presencia del Loco Lorgan. Los cabos que no cortan ni pinchan, dejaron pasar la declaración del Curtíao que poca veracidad ganada tenía entre los lugareños. El viejo no mencionó que días después le fueran a indagar a su puesto de trabajo, mientras cavaba la tumba para su supuesto finado amigo, nuevas autoridades le atosigaron de preguntas y hasta le culparon de la muerte y desaparición del señor Néstor Lorgan.
– Pero qué le iba a ser yo al loco…? Cuando fuimo a ver la costa, naita había pueh. Qué iban a encontrar, si ya la cosa había sido, unos botes anduvieron buscando, pero así no má jué. Na pillaron. Todos andan diciendo que el agua se lo llevó pa Buchupureo. Sin fiano, no hay velorio digo yo… – Y el Curtíao de esa cosas sí que sabía. El joven enmudecido había girado sobre las cosas que viejo tenía dispersas por el piso reconociendo algunos objetos. En ese instante reaccionó:
– Ya Curtíao, llévame a la Iglesia de Piedra.
– No mijo, no, no se puede… vaya usted solo mejol.
– Solo puedo entrar, pero no salir… – dijo solemne Nano Lorgan – Dame unos trapos y unas cuerdas. De noche o de día, en las cuevas, lo mismo da. – El joven comenzó a decaer y su ira migró hacia un estado de ruego y súplica, sin duda que el devastado rostro del viejo le conmovió en lo más profundo de su alma sensible de artista. El viejo le miró fijo y concentrado no sin esfuerzo en el punto focal de su interlocutor. Una mueca le adornó su magullada boca de gruesos labios, salpicada de llagas curtidas por la sal. Tragando la amarga saliva, respiró una profunda hondonada de aire contaminado por la fogata que no cesaba de escupir su combustión perezosa. La mano del viejo cayó suave sobre el hombro del joven que se había acercado y arrodillado frente a él. Nano sintió el peso de la mano firme, y una mueca imposible se esbozó en la cara del viejo. Con un leve movimiento de su cabeza asintió a los deseos de un nuevo compañero.
– Vamo mijo, vamo – se expresó asumido el Curtíao – Hay que pasar a buscar las cuerdas donde Los Mutiaos…
El joven abrió tremendos ojos, firme el gesto implacable, alzó el perfil y vació el bolso que colgaba, separó los elementos de primera necesidad, fósforos, unas herramientas de pintura, unos frascos, el libro y la billetera. Se dispuso a llenar la pipa y compartió con el viejo unas caladas largas y profundas, en un rito cargado de significado disponiendo un regreso en el tiempo y sobre los pasos de otro que nunca retornó.

Sobre el manto llano de oscuras arenas, extendido a los pies de los sorbos dinámicos, incansables del pacífico, iban desdibujándose por el viento y las espumas, las recientes pisadas en dirección de la Iglesia de Piedra. Los hombres caminaban pegados a al línea costera, el muchacho cargaba el bolso por su lado derecho y el desgaste físico le hacía claudicar la confianza de sus pisadas. Las advertencias previas de la somnolencia parecían materializarse.
Las sombras oradaban el paisaje, sumergiéndose en lo extenso de la noche. Tristes divagantes, arrastrando el paso en la densidad del polvo cretáceo. El Curtíao pidió atención y cuidado en los metros siguientes, había que sortear la finca de Los Mutiaos y robar las sogas con mucho cuidado. Los perros eran bravos y ágiles a diferencia del viejo guía, que ya se enganchaba en el primer intento de cruzar con un alambre de púas oxidado. Nano más largo separó las líneas, ayudó a su compañero y cruzó sin dificultad. Atisbaron a lo lejos una pequeña casa de madera con su humeante chimenea. Una luz mínima agitaba la ventana con dibujos azarosos. Allí estaban las codiciadas cuerdas. El viejo se mantuvo fijo los ojos y oídos en la casa unos largos cinco minutos. Los insectos insinuaban su orquesta en la proximidades, el mar omnipresente también tenía invitación, y el silencio no era sino un pleno de obras compuestas a placer. El viento traía señales lejanas y el viejo sabía leerlas. Sin decir palabra avanzó con cuidado pisando con cautela y llegó a la orilla de un pequeño canal que provenía desde la casa, humedeció la mano en la aguas del delgado cauce y olió los aromas del líquido. – Cayaito mijo, que los perro tán durmiendo.
El viejo avanzó por un corredor bajo un amplio parrón que daba directo al patio trasero de la casa. En el fondo se dibujaba la silueta de dos bestias agazapadas en actitud neutra frente a la puerta. El Curtíao miró al joven atrás que estaba oculto en un pilar del parrón, le indicó silencio llevando su torpe mano a la boca. Extendió el brazo hasta una viga donde estilaban las cuerdas húmedas de agua marina, se colgó una en cada hombro y regresó sobre sus pasos, lento, sin prisa aparente. Tres, cuatro, cinco pasos y una señal rajó el silencioso paño de temores. Una señora amplia salía bamboleándose por la puerta de la casa cargando un pesado tiesto con agua, lo arrojó al canal y volvió a entrar. Los hombres quedaron quietos sin respirar casi, el Curtíao giró en media vuelta y atisbó qué sucedía en la casa a sus espaldas. La puerta aun se mecía por el paso de la mujer bajo su mampara. Los perros estaban de pié, mirada fija en los intrusos. Mala señal pensó el Curtíao, y sin aviso ni seña se lanzó a correr hacia Nano, que al instante reaccionó y salió huyendo intuitivamente en dirección contraria. Ambos hombres corrieron desesperados, el camino ya no era llano y cruzaban por una vega sembrada, la sorteaban y ahora se embarraban en un paño recién arado que esperaba la siembra de papas. Cegado por el miedo Nano no logró ver la alambrada que limitaba el terreno y se enganchó violento contra la red de tres líneas punzantes que le voltearon a piso. Con una senda herida que casi le degüella, Nano yace en posición horizontal; el viejo a su lado le arrastra, lo obliga a ponerse de pié. Inconciente el muchacho le sigue y traspone el linde de la propiedad de Los Mutiaos; tras ellos los perros aun se oyen lejanos. En la casa, la mujer solo asoma su mirada por la sucia ventana.
El viejo se aleja del lugar y le señala al joven una dirección. Nano se inspecciona la herida del cuello; la sangre es poca. El viejo mañosea – Avancemo! Y piensa sin decirlo – Antes que huelan la sangre.

Se alejan heridos. Y se alejan aun más en dirección del último horizonte, vista norte. El viento es ahora solo un soplido juguetón, después de desplazar la brumosidad costera tan habitual en las noches de otoño. El cielo se ha despejado en gran parte, dejando la bóveda a disposición de la luna que mengua en el cenit de la noche. En el joven se despierta un sentimiento esperanzador, que él mismo no puede definir con precisión, y que le invade al respirar profundo el aire cercano al objetivo ígneo. Nano cansado y el viejo no menos, arrastran pisadas próximos al fin de su divagar donde una larga sombra los espera a las faldas de la majestuosa La Iglesia de Piedra. El extenso paseo, de un par de horas, es coronado por un largo quejido del viejo que se desparrama en la arena y se extiende descansando sus extremidades. Nano se detiene y con dificultad deja caer su bolso, se arrodilla al lado del viejo.
– Harto retirado quedaba la cosa…
– Si. Pero ya tamos. – exhaló El Curtíao y le extendió una botella pequeña de quién sabe qué líquido al joven Nano. Este se acariciaba la herida del cuello que aun no cicatrizaba del todo, bebió con ganas y un poderoso gesto de dolor le reanimó sospechosamente. Tomando el palo que traía como bastón, lo clavó en la arena y desarmó los contenidos de la mochila. Con el paño que trajo de la choza de El Curtíao, confecciona un par antorchas que humedece con los líquidos de sus materiales de pintura. Antes de encenderla pregunta:
– ¿Cuántos metros tendrán estas sogas?
– Mmm… uno cincuenta metro cada una, digo yo. – El viejo ya empinaba el codo a virtud de la respuesta. La antorcha incandescente chorreó su manto rojizo e iluminó los rostros mortuorios de los individuos a mitad de la noche. El joven extendió uno de los extremos de la cuerda que se veía más larga y repuso en la sólida factura hecha en base a fibras naturales; la tensó poniéndola a prueba y confiando en la resistencia de la misma, se la amarró cual cinturón, a las hebillas de su pantalón. El viejo sonrió al ver cómo remataba en un voluminoso nudo la atadura, y aprobó la manualidad. El fuego de la antorcha bailaba azaroso y con un penetrante humo de olor químico.
– Vamos. – Ordenó Nano con voz firme y valiente. Esperó a que el viejo se incorporara y lo siguió hacia la penumbra de la magna estructura natural; avanzan con calma y a medida que avanzan, atisban en el cuerpo de la gigantesca roca algunas grietas que lucen feroces, verdaderos portales a la oscuridad que ni la más sigilosa visión puede penetrar. El viejo guía con certeza a su joven acompañante hacia la hendidura de acceso; bien conoce el lugar que poco ha cambiado las últimas décadas. Adelantándose unos metros, el viejo se aproxima hacia lo que parece una hambrienta yaga de lóbrego porvenir; frente a una cueva de tamaño descomunal, anuncia el arribo a la entrada de La Iglesia de Piedra con un gutural grito que se distorsiona en el interior regresando convertido en un eco de vociferaciones del inframundo.
– ¡Hujuiii! – Ante el inusual alarido el joven no se sorprende mayormente y lo interpreta como una simple, aunque extraña manía del panteonero, imaginando que podría ser para espantar los malos espíritus, como se diría en el campo. ¡Qué equivocado estaba!
Ya dispuesto a entrar a la cueva el joven une las sogas que anuda con cuidado y le extiende el extremo final a su viejo guía. – No la suelte Curtíao, si tengo un problema, tres tirones es la seña ¿vale? – El panteonero le miró a los ojos teñidos del ardiente resplandor de las antorchas.
– ¡Vale mijo! Vaiga con dios pueh…
Dicho esto el joven entra en la hacia la cueva provisto de su antorcha y su bolso a cuestas, armado del valor que aun le regalara el alcohol en sus venas, se pierde decidido al interior oscuro y profundo. A medida que la luz de la antorcha se va internando, la definición de su portador se diluye en el impenetrable velo negro de la cueva. El panteonero con la cuerda entre sus manos, extrañamente comienza a temblar sin control. El joven bien sabe que se ha internado en una misión obsesa, ilógica, y cada paso que entierra en las húmedas arenas le cuestiona su determinación. La cuenca interior es fría, negra, y a medida que se sumerge en el corazón de la roca, los ruidos comienzan a opacarse, a cubrirse de un manto sordo. En momentos la antorcha quiere sucumbir a las repentinas ráfagas de viento que se cuelan desde una lejana fuente y el penetrante olor a pescado comienza a hacer irrespirable el aire. Fuera, la cuerda yace tirada en las arenas, y el viejo ya va de regreso en dirección sur, rumbo a su choza, abandonando a su suerte al muchacho.
Ya nadie le espera. Lentamente y a medida que el joven se va internando en la cueva, la cuerda comienza a extenderse sin pausa, debe quedar la mitad de soga aún. Desde el interior los sonidos pétreos murmuran una serie de cantos naturales, misteriosos, y en la entrada, la antorcha enterrada baila con sus cabellos de fuego a merced de los soplidos que emanan de las entrañas. De pronto, la cuerda no avanza y se detiene. El viento cesa y el mar calma sus latigazos. Desde las entrañas de La Iglesia de Piedra un estremecimiento comienza a rugir leve en un principio, grave desde el origen, creciendo y ampliando el estrépito gradualmente. Entonces la cuerda vuelve a avanzar, continuando la aventura, pero esta vez velocidad no es pausada ni cauta, sino que es cada vez mayor, como si en el otro extremo huyeran en forma desesperada, hasta alcanzar revoluciones inhumanas. La cuerda llega a su fin y se pierde hacia el interior silbando un último latigazo antes de despedirse. La antorcha que cede ante los vientos insolentes que le acosaban, es la única testigo del triste amanecer que asoma en el valle.